viernes, febrero 22, 2008

Silenciado, silencioso


El otro día, quedándome yo en silencio, me inquirieron por mi postura. Me hirieron en mi sensibilidad paisana. Finalmente me pregunté, no si era justa la ofensa, sino en el poder del silencio.

El silencio no es el vacío del sonido, no es una pausa, no un momento de devastadora ansiedad hasta la próxima palabra. No lo es. No es eso, o no lo es simplemente, únicamente, inequívocamente.

El silencio también es el arte de decir sin ruidos o palabras, es la música entre dos notas, es la digestión de las ideas, la profesión de la intriga, la paciencia del que escucha.

Existen por si acaso, los silenciadores. Estos tienden a veces a formas humanoides y otras tantas a ser instrumentos sin voluntad propia. Si, como escuchan, escuchan? instrumentos sin voluntad propia que silencian, inventados, creados, por parlanchines como cualquiera de nosotros. Estos instrumentos unas veces silencian a otros instrumentos y otras veces a voluntades inteligentes. Así, simplemente.

El problema es que el silencio vive en equilibrio con el sonido. Bueno, no es un problema esto, pero si un límite, un término. El silencio es de alguien, a alguien, pero también es sonido, tiene esa inseparable dualidad. Es la voz que no quiere revelarse, pero que lleva un secreto. Es el presagio que se abre como piel y brota como sangre.

Y todo silencio tiene un destino, a veces celestial, otras hermenéutico, cuando no bestial, otras tantas descuidado.

El silencio corta como el papel, no es inocente, necesariamente, pero tampoco es culpable.

Mirémoslo como se muestre, a veces ausente, a veces presente; y si no se muestra no lo miremos, después de todo no siempre estamos para la foto.

Hector

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